30 de septiembre de 2011

Once detenidos y varios heridos en el desahucio de un hombre con 100% de invalidez

Según informa Almudena Doña de La Vozdigital en Jeréz: desde Caulina: ”Antonia Alama y José Gutiérrez tienen tres hijos y él una incapacidad permanente del 100% por una enfermedad que durante dos meses le impidió hacer frente a la hipoteca. Un tiempo suficiente para que el banco, que ya rehipotecó la vivienda, decidiera vender la misma sin ni siquiera una subasta por 80.000 euros, cuando la casa y el terreno están valorados en 245.000 euros”. “A las 9 de la mañana, llegamos y ya había alrededor de 10 policias nacionales, una vez llegó la agente judicial y notificó de nuevo, intentaron entrar a la casa por las malas y con ello sus malas formas. Porrazos, cogieron del cuello a mujeres, hombres, a algunos miembros del 15M. Cuando se han dado cuenta que eramos demasiados allí y que no podían con nosotros ni la familia, han buscado refuerzos, nose de donde llegaron si Sevilla o Cádiz, pero han arrasado. Escopetas con bolas de goma, escudos, cascos, y mucha fuerza. Les daba igual que se desmayara la gente, les daba igual todo, pegaban y pegaban y todo para entrar en la casa por la fuerza. Han arrestado a 11 personas, por lo que hay convocatoria para acudir a pedir su libertad a la Comisaría de Policía (junto a la catedral de Jerez). Han conseguido echar a esa pobre familia de su casa, una gran estafa de los especuladores, de una culpable Caja Granada y encima nos han pegado pero nos volvemos a levantar”. Periodismohumano.com

Bolivia .La obstinada potencia de la descolonización

No es fácil encontrar un presidente que pida disculpas en público ante su pueblo, por las razones que sean, y menos aún cuando a los que solicita el perdón se oponen a un proyecto defendido con vehemencia por la máxima autoridad. Evo Morales es el único presidente que lo ha hecho en los últimos años, que yo sepa. No es fácil encontrar un movimiento popular capaz de movilizarse con energía en defensa de un modo de vida que se está extinguiendo en el mundo, y de hacerlo incluso contra un gobierno presidido por alguien de su propia sangre, al que consideran hermano. Es evidente, el propio gobierno lo reconoció, que la represión contra quienes defienden el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) fue una decisión equivocada y una acción criminal. La población boliviana no está dispuesta a tolerar represión y muerte. Fue la masacre del Porvenir, en Pando en 2008, la causa de la derrota de la oligarquía cruceña. La población no tolera la violencia del Estado. Fueron demasiadas represiones en muchos años, desde la última de 2003 que se cobró 75 vidas en dos días, hasta las no tan lejanas de los 70 en las que los muertos se contaban por centenares. Esa conciencia anti-represiva es una buena señal que Evo, y quienes apoyan su proyecto, podrían tomar como punto de partida para enderezar el proceso, porque esa misma población no está dispuesta a ser juguete de la derecha ni del imperio, como lo demostró de sobra por lo menos desde la Guerra del Agua en abril de 2000, en Cochabamba. Es inocultable que hay intereses oligárquicos y multinacionales que se frotan las manos ante el conflicto en torno al TIPNIS, y hasta se tiñen de ambientalistas para promover distancias entre gobierno y movimientos. Es oportunismo y es síntoma de una derrota histórica infligida por esos mismos movimientos. La derecha boliviana no tiene espacio ni aire y sólo respira cuando el gobierno se equivoca, como lo hizo en diciembre cuando el “gasolinazo” y ahora con la represión en Yucumo. También es evidente que la dichosa carretera interesa más al expansionismo brasileño que a la propia Bolivia. Nótese que algunos de los más importantes movimientos en la región, como el de Puno contra la minería y las hidroeléctricas y como el que defiende el TIPNIS, están enfilados contra proyectos de las multinacionales brasileñas financiadas por el BNDES. La misma lucha en Brasil enfrenta las represas de Belo Monte y del río Madera. Lo que menos necesitamos es debatir a quién beneficia cada acción: si a la derecha y el imperio o al subimperio y la burguesía paulista. El fondo de la cuestión es el camino que desean transitar los pueblos que habitan Bolivia. Y esta es la cuestión más difícil, la más espinosa y la que menos estamos debatiendo. ¿Acaso alguien puede ignorar que el Buen Vivir y la no explotación de la naturaleza impedirá el acceso al consumo a grandes sectores de la población? ¿Es posible combinar una política no desarrollista, con bajo crecimiento económico, con una mínima satisfacción de las necesidades de alimentación, salud y educación de toda la población? Es evidente que no tenemos respuestas, porque sencillamente no sabemos; y no sabemos porque damos por sentado que no hay vida más allá del modelo basado en el crecimiento económico. Podemos elegir la austeridad para sostener un proyecto de cambios, pero esa opción debe pasar por un debate sincero que no puede ser protagonizado por los sectores acomodados e ilustrados de las clases medias, que no son austeras ni están por fuera del consumo. Ese debate deben orientarlo los de más abajo, los que hasta ahora no tienen la vida resuelta, porque son los y las que pusieron el cuerpo contra el neoliberalismo y porque son quienes más tienen para perder si los procesos de cambio se desmoronan. Hace falta voluntad política, y cierta audacia, para encarar esos debates y no dar por sentado que los tecnócratas de arriba ya saben lo que se necesita. La ventaja de Bolivia es que hay un presidente capaz de pedir perdón y, sobre todo, movimientos de los diversos abajos que saben lo que no quieren y están dispuestos a dar la vida para evitarlo. No sabemos, sin embargo, cómo es el Buen Vivir aquí y ahora, y eso debemos reconocerlo por una cuestión ética y porque sólo así es posible enriquecer los debates. Convocar un referendo, como anunció Evo, en los departamentos de Beni y Cochabamba, donde está el TIPNIS, es la mejor forma de evitar debates de fondo. El problema es que abrir un proceso de debates, que no de negociación, requiere mucho tiempo, pero ese es el costo que una sociedad debe estar dispuesta a pagar para resolver cómo y por dónde. La disputa entre movimientos y gobierno, que en Bolivia se va a mantener largo tiempo, es la mejor noticia incluso para los gobernantes que quieren cambios de verdad y no sólo estar aferrados a un cargo. No fue la “lucidez” de los cuadros, siempre blancos y tecnócratas, ilustrados y bien hablados, lo que cambió América Latina en la década oscura del neoliberalismo sino la acción cotidiana de las gentes del color de la tierra. Pensar que son buenos para poner el cuerpo pero no para conducir, sería reproducir los modos coloniales que son, precisamente, lo que pretendemos remover. Decir Bolivia, aún hoy, es decir que todavía es posible que los de más abajo decidan. En el acierto o en el error. ¿No es esa la descolonización? - Raúl Zibechi es periodista uruguayo, docente e investigador en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios colectivos sociales. Viento Sur

La economía ante el precipicio | Sus soluciones y las nuestras

Frente a lo que los economistas llaman las turbulencias del mercado, Luke Stobart nos habla de las razones tras la crisis, cómo se desarrollará en los próximos meses y cómo podemos hacerle frente a los recortes sociales que nos quieren imponer. Las élites y los políticos parecen haber emprendido el camino de una huida hacia delante, a cualquier precio y sin responsabilidad alguna por el propio bienestar de las poblaciones, pero también con la propia reproducción de un modelo económico viable. La Crisis que viene, Observatorio Metropolitano Durante el verano la economía mundial ha vuelto al precipicio económico en escenas que recuerdan a las del otoño de 2008 y la primavera de 2010. Sólo en la primera semana de agosto tres trillones de dólares “desaparecieron” en las bolsas –riqueza que viene en última instancia de nuestro trabajo pero que una minoría de especuladores ha acabado controlando y ha perdido jugando. La economía alemana, el gran motor de Europa, ha dejado de crecer. Los economistas hablan de nuevos colapsos en “el mercado interbancario” (la prestación de dinero de banco a banco, algo central para el funcionamiento de las economías grandes). Muestra del caos global es que el yen japonés se convierte en moneda “refugio” cuando este país está en recesión y acaba de sufrir un tsunami y un desastre nuclear. Pero la respuesta a la crisis también representa un tsunami: en EEUU demócratas y republicanos han acordado llevar a cabo recortes sociales de 1,8 trillones de dólares y el Gobierno italiano ha aprobado reducir su presupuesto de manera salvaje. Es más que probable, visto todo esto, que los grandes disturbios de este verano en Gran Bretaña –o en Grecia en 2008– no serán un caso aislado. En el Estado español el acto más dramático de este nuevo capítulo de la crisis ha sido a principios de agosto cuando se dispararon los intereses que tiene que pagar el Estado (y el italiano) para seguir endeudándose. La prima de riesgo, o la diferencia entre los intereses de ambos países y los de Alemania (el país valorado como “el más seguro”), tocó niveles muy cercanos a los que resultaron ser el “punto de no retorno” para Grecia, Irlanda y Portugal. Más tarde, estos últimos países cayeron en manos de la “troika” del FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (BCE), que a cambio de préstamos de alto interés obligaron a intervenir directamente en la política de los países afectados supervisando procesos de privatización y de recaudación de impuestos –una clara pérdida de soberanía. Sólo la compra por parte del BCE de 19.000 millones de bonos italianos y españoles pudo contener el declive, al menos de momento. Aunque algunos ven este tipo de intervención “europea” la clave para superar la crisis de la “periferia”, el rumbo de la economía europea y mundial no cambiará –no hay que olvidar que nosotros, los y las trabajadoras, pagamos la cuenta con nuestros impuestos. Sus limitaciones se han mostrado en las recientes grandes turbulencias de los mercados, que a pesar de ser de dimensiones históricas ya no son una novedad. Tampoco han frenado estas turbulencias las nuevas medidas para prohibir la especulación más salvaje en los mercados de bonos (deuda pública). Lo único que pueden conseguir es ralentizar un poco el avance de la recesión y repartir más su carga entre los diferentes estados europeos, ayudando así a globalizar la crisis y creando malestar en los países donde la crisis no ha golpeado tan fuerte. De hecho Europa ha sido parte del problema. Tal y como se ha configurado hasta ahora, la UE tiene potestad sobre la política monetaria (el BCE determina las tasas de interés y el valor del Euro), pero no sobre la política fiscal (recaudación de impuestos y poderes presupuestarios). En la práctica esto ha comportado tener un euro fuerte y tasas de interés bajas, cuyo efecto ha sido desvirtuar las economías “periféricas” –menos desarrolladas– sin ofrecer un ‘cojín’ presupuestario a cambio –como pasa a nivel estatal con las regiones más desfavorecidas. Todo este proceso ha ayudado a crear la burbuja inmobiliaria. Primero, porque las bajas tasas de interés animaron la entrada en la periferia de mucho crédito centroeuropeo. Segundo, porque el valor de la moneda desincentivó la producción para la exportación –haciendo más caros los productos en el extranjero– e incentivó la compra de importaciones extracomunitarias, que también desanima la producción local. Este proceso influyó mucho en la formación de la burbuja inmobiliaria-financiera. Ahora el Gobierno habla de “cambiar de modelo económico” y se celebra un pequeño repunte en las exportaciones, pero la pertenencia al euro (fuerte) hace más difícil el cambio aun si el Gobierno tuviera una clara voluntad de hacerlo (cosa que el nuevo estímulo al sector inmobiliario, la rebaja en el IVA por compra de vivienda, parece desmentir). Algunos miembros de la clase dirigente mundial esperaban que Francia y Alemania, los dos motores centrales de la UE, se hicieran cargo de las deudas de los países más afectados y que se creara un auténtico “Gobierno europeo” en una cumbre bilateral este agosto. No obstante, se negaron a crear un sistema de “eurobonos” (centralización de la financiación de la deuda pública en Europa) y hasta el ex-presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, calificó las promesas que se hicieron en la reunión como “vagas e insuficientes”. Para George Soros, el famoso especulador multimillonario que hizo su aprendizaje sobre la economía mundial destruyendo la libra esterlina en los 90, las instituciones de la UE se limitan “a resolver los problemas de liquidez y no de solvencia de los estados” e insiste en crear un Gobierno europeo con poderes fiscales y presupuestarios para evitar “una crisis bancaria totalmente fuera de control.” Sabe cuándo los buitres detectan su carroña. No obstante, el problema no es sólo europeo. De hecho la volatilidad de este verano empezó a raíz de una serie de anuncios que pusieron en cuestión la recuperación de la economía estadounidense –falta de crecimiento en el empleo, por ejemplo– y por la parálisis temporal en el Congreso norteamericano sobre cómo hacer frente a este problema. Parece que los famosos “brotes verdes”, resultaron ser hierbajos. El “tirón” económico que se suponía que debían llevar acabo los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) también está en entredicho. China y Brasil tienen ahora sus propias burbujas inmobiliarias, y en todos los BRICS hay una inflación de entre 5,3 y 9,6%, la cual, no olvidemos, fue una de las causas de las revueltas en el Norte de África. Además, todos los BRIC, pero China en especial, dependen muchísimo de sus ventas a los países más desarrollados y no podrán esquivar el fuerte impacto de una nueva recesión en Europa o Norteamérica. Precisamente por esta razón el Gobierno chino ha pedido más “austeridad” a EEUU para reducir el déficit. Lo que más ha mostrado la crisis es cómo las élites se unen para hacérnosla pagar a nosotros, sea cual sea su ideología oficial. La explicación revolucionaria El capitalismo significa la apropiación de la riqueza que producimos todas y todos por parte de una pequeña minoría. Y esta misma minoría puede decidir invertir en producción o ahorrar o especular con este dinero. Desde hace décadas, el reembolso que se consigue por el capital invertido en la producción ha disminuido –tal vez la excepción importante a esta regla es China, donde los salarios son especialmente bajos y los beneficios más altos. No es que en general los capitalistas no consiguieran beneficios –como podemos ver en sus sueldos y vidas ostentosas– sino que más bien la competencia les obliga a invertir en maquinaria y equipos cada vez más sofisticados, haciendo que se emplee una porción menor del capital en contratar a trabajadores. Pero, como Marx demostró en El Capital, es la explotación de personas –no de máquinas– la que genera los beneficios. Este hecho se reconoce indirectamente cuando los capitalistas piden “contención salarial” para hacer las empresas “más rentables”. Cuando la tasa de ganancias –el beneficio conseguido en comparación al capital invertido– baja a un cierto nivel, los capitalistas deciden, porque son avaros y porque compiten entre sí, hacer una “huelga de inversión”, prefiriendo ahorrar o especular. Aunque siempre dicen que los y las trabajadoras debemos ser “responsables” por el bien de la economía, ellos en cambio nunca se sienten responsables por la salud de la economía y constantemente hacen estas “huelgas”. Para hacer frente a esta caída de las ganancias la respuesta de la clase dirigente del Estado español ha sido apretar más las tuercas a los y las trabajadoras. El gobierno de Felipe González consiguió una amplia precarización de los contratos laborales y desde entonces se ha conseguido controlar los salarios –de todos menos los de la minoría más rica. Como consecuencia, entre 1995 y 2007 los salarios reales decrecieron un 10% de media, con un 40% de los trabajadores ganando menos de 800 euros mensuales (!). Pero esta política liberal es totalmente miope, ya que solo se venden productos y servicios si los consumidores pueden comprarlos y los principales consumidores son los y las trabajadoras. La medida no ayudó a que los capitalistas invirtieran masivamente en la producción –es decir, cumplir con su supuesto papel histórico. Muchísimos optaron por otro papel, prefiriendo invertir en vivienda o en su cuenta bancaria –que luego el banco prestará a constructoras o inmobiliarias. De hecho, el modelo inmobiliario-financiero fue más pronunciado aún porque para garantizar el futuro de la gente normal y corriente se volvió cada vez más importante tener una vivienda, dado que su precio en alza pudiera compensar la caída de sus sueldos. Un sector financiero recién inflado y con tasas de interés bajas estaba más que contento de prestar dinero a las familias. No es de extrañar pues, que el parque inmobiliario construido creciera un 30%. Pero ya sabemos cómo acabó la historia: millones de personas golpeadas por el paro, altamente endeudadas –la deuda familiar se multiplicó por siete durante el boom– con una vivienda que había perdido su valor, siendo desahuciadas de sus propias casas de forma humillante y encima con una deuda con el banco. Y hay muchas más viviendo bajo un gran estrés ya que sus ingresos no dan para llegar a fin de mes. Por otro lado, la caída del ladrillo ha creado un agujero negro en el sector de las finanzas del Estado español cuyo profundidad aún no se ha revelado totalmente. Ahora aún más capitalistas se han sumado a la “huelga de inversión productiva”, en parte debido a la combinación entre la recesión que empezó en 2008 –y que después del colapso de Lehman Brothers que creó un ‘infarto’ en el sistema bancario mundial– y el efecto muy depresivo de los salvajes recortes sociales. Sólo hay que mirar la espiral descendiente de Grecia –el país que ha sufrido los mayores recortes– para comprobarlo. Es por esta razón que hay un sector de la clase dirigente, entre ellos el mismo Soros, que aboga por no recortar tanto y tan rápido. Con eso, un sector de la clase dirigente, nos avisa de que podemos entrar en un largo periodo de recesión, como hizo Japón a principios de los 90. Un camino que parece más que probable. La Doctrina del Shock: la suya y la nuestra La estrategia que las élites han seguido en respuesta a la crisis hasta ahora ha sido lo que Naomi Klein llama “la doctrina del shock”. Esta doctrina, que Klein estudia en su libro del mismo nombre, fue practicada, entre otros lugares, en Chile después del golpe de estado de Pinochet. Ésta se refiere a cómo se aprovechan de la desorientación de las poblaciones provocada por un desastre para introducir políticas nefastas como privatizaciones y otras liberalizaciones. Esto es lo que estamos sufriendo en estos momentos, tanto en Catalunya con el Gobierno de CiU, como en el resto del Estado, con un último ataque a los derechos sociales por parte de Zapatero, de la mano con el PP, en forma de una reforma de la Constitución que pretende poner techo al gasto público, o lo que es lo mismo asegurar a través de la Constitución más recortes sociales. Por supuesto la visión oficial es que hay que reducir un gasto publico galopante y para hacerlo intentan hacernos olvidar de dónde viene el déficit: de los enormes rescates a las instituciones financieras –de un valor equivalente a la mitad de los presupuestos del Estado para un año– y de las grandes subvenciones a constructoras a principios de la crisis. Es decir de hacer regalos obscenos a los que más culpa tienen de la crisis. Y tampoco debemos caer en la trampa de aceptar reducir el déficit para “calmar los mercados” –esta horrible expresión servil que se oye cada vez más. Hasta el periódico financiero neoliberal Cinco Días reconoce que el nerviosismo en los mercados es por si el Estado tiene que rescatar más cajas o bancos, no por la dimensión del déficit, que de hecho es relativamente limitado. En un contexto de estancamiento mundial y miedo bancario los recortes son la peor “receta”, incluso si fueran moralmente aceptables, que no lo son. Si las cosas vuelven a estallar, los estados no tendrán tanto margen de maniobra como la última vez debido a los masivos recursos que ya han dedicado a los rescates, y un crack bursátil histórico parece una posibilidad real. No obstante, hay una diferencia importante respecto a 2008 que nos debe dar mucha esperanza. Una segunda recesión, si se produce, tendrá lugar en un contexto político cambiante y más radicalizado. Ahora, a diferencia de hace cuatro años, hay grandes resistencias desde las calles de Siria, Londres o Chile hasta la Plaza Tahrir o la Puerta del Sol –todas con la crisis como telón de fondo. Sobre estas bases –en especial la revolución que continúa en las calles, fábricas y oficinas de Egipto– es más que posible crear resistencias mayores y más potentes que paren los recortes. Solo así podremos desarrollar nuestra propia doctrina del shock, y asegurarnos de que quienes se queden al borde del precipicio no seamos nosotros sino los parásitos que nos quieren echar al vacío. Luke Stobart. es militante de En lluita / En lucha y co-coordinador del libro "Mundo S.A.: voces contra la globalización". Artículo publicado en el Periódico En lucha / En lluita.

El Borbón Dice Que El Pueblo Español Tendrá Que Sacrificarse Mucho, ¿Y Él?

El rey Juan Carlos dijo ayer que augura para España un futuro de “bastantes” sacrificios derivados de la crisis económica, según comentó en el Congreso. Esos sacrificios no llegarán a la Casa Real que continuará con sus privilegios durante los próximos años si los españoles no lo impiden de alguna manera. A su llegada al Palacio de la Carrera de San Jerónimo para asistir a un almuerzo organizado por el presidente del Congreso, José Bono, con los máximos representantes de los poderes del Estado, Juan Carlos fue preguntado si augura un futuro de sacrificios para España: “Bastantes, muchos”, respondió a los periodistas. Tras su encuentro con los periodistas regó su preocupación por los españoles con un menú a base de ensalada de bogavante con tomate y tartar de aguacate, lomo de rodaballo con verduritas tiernas y fruta preparada con sorbete de manzana verde.

29 de septiembre de 2011

El próximo desahucio será la Zarzuela

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El Die Linke pierde fuelle

Ya hace tiempo que el rápido ascenso del partido Die Linke en Alemania se ha detenido. Malos resultados electorales se unen a una mala propaganda en prensa y disputas internas. Las recientes elecciones regionales en Mecklemburgo-Pomerania y Berlín reflejan la actual debilidad del partido. En su primera etapa entre 2005 y 2009, Die Linke experimentó un crecimiento aparentemente inexorable. Pero los tiempos han cambiado. Desde el año 2009, en varias elecciones regionales y locales no avanza, y en ocasiones incluso pierde votos. En octubre habrá el próximo congreso del partido, que debe servir para reactivarlo. Para ello, sin embargo, se hace necesario un análisis claro de dónde están los problemas de Die Linke y cómo pueden ser resueltos. En la prensa burguesa prevalece la tesis de que el partido adolece de un problema de liderazgo. Tras el relevo en la dirección de Oskar Lafontaine y Gregor Gysi, se acusa a los dos nuevos líderes de débiles. Por su parte, la ejecutiva del partido alude a las “inútiles” luchas internas entre facciones y los debates públicos sobre el Estado de Israel, el muro de Berlín y Castro. Ambas explicaciones deben ser tenidas en cuenta. Las luchas entre facciones son reales. Pero ¿por qué estallan ahora con tanta vehemencia? Bajo nivel de luchas Hay dos razones: En primer lugar, el nivel de conflictividad social en Alemania es actualmente muy bajo. En toda Europa estamos viendo manifestaciones de masas, protestas estudiantiles y huelgas generales; no así en Alemania. Desde el estallido de la crisis, los dirigentes sindicales han apostado por la cooperación con el gobierno y los empresarios. En esto, nada se distingue del Estado español. Igual que aquí con CCOO y UGT, en Alemania la prensa burguesa alaba a la DGB por actuar “de forma responsable”. Da la impresión de que a Alemania no le ha tocado tan fuerte la crisis por el hecho de que no se ha disparado el nivel de paro; sin embargo, para la mayoría de trabajadores y trabajadoras las condiciones de vida se están deteriorando. Los salarios no han hecho más que bajar, mientras ha seguido aumentando el costo de la vida. También es cierto que Die Linke no ha sabido sacar todo el provecho de los movimientos sociales que se han dado en los últimos meses (p.e. contra la energía nuclear). Todo lo contrario de Los Verdes, que se han visto catapultados en las últimas elecciones. Uno de los tres partidos de la oposición La segunda razón de la crisis de Die Linke: Con el cambio en el gobierno federal, ha cambiado la constelación política en la República Federal. Die Linke ya no es el único partido de oposición notable, sino sólo uno entre otros dos. SPD y Los Verdes se han movido retóricamente hacia la izquierda, exigiendo aumentos de impuestos para los ricos y un salario mínimo. La experiencia histórica muestra que ellos olvidan gran parte de esa retórica al día siguiente de las elecciones. Pero eso no cambia la situación. Frente a SPD y Los Verdes, Die Linke debe perfilarse como el partido que más consecuentemente defiende demandas como la de un salario mínimo, más allá de las campañas electorales. Además, ante las actuales turbulencias de la economía mundial, el partido debe desarrollar un perfil más nítidamente anticapitalista. La ejecutiva del partido ha decidido poner en marcha una campaña para regular los mercados financieros y aumentar los impuestos a los ricos, que culminará con una manifestación nacional. Este es un paso en la dirección correcta. El terreno de la lucha de clases Por último, es importante cultivar el terreno de la lucha de clases. Obviamente, Die Linke no es lo suficientemente fuerte como para impulsar por sí solo las luchas sociales. Pero puede estar presente en todas partes, allá donde se mueva la más mínima resistencia, como las protestas locales contra el aumento del precio de la vivienda. Además, durante el próximo semestre, debido al creciente número de estudiantes en las universidades, la situación se prevé tensa. Die Linke debería participar en las protestas que puedan surgir. También es previsible que el movimiento antiguerra organice en diciembre protestas importantes con motivo de la conferencia de Afganistán. Todos estos son puntales que debe construir Die Linke para elevar el nivel de conflicto social. Así podría mejorar la situación social al mismo tiempo que saldría reforzado como referente consecuente de izquierdas. Isaac Salinas es militante de En lluita / En lucha y participó durante dos años en Die Linke durante su estancia en Berlín.

Un rastro de balas permite hallar una gran fosa en Jerez

Hasta ahora había sido un rumor macabro. La gente de los pueblos cercanos (Cortes de la Frontera, en Málaga, y Jimena de la Frontera y Ubrique, en Cádiz) hablaba de que en el cortijo de El Marrufo (Jerez de la Frontera) había enterrados cientos de fusilados del franquismo. Las catas que arqueólogos del foro por la memoria realizaron este verano sobre unas cinco hectáreas de este paraje, el equivalente a 10 campos de fútbol, han probado que tenían razón. El detector de metales se volvió loco. Había tantas balas y casquillos que parecía que alguien las había arrojado como si fueran semillas. Recogieron hasta 70 en dos prospecciones, con fecha y firma: Pirotécnica sevillana, 1936. Junto a los proyectiles, relató el arqueólogo Jesús Román, también encontraron cráneos agujereados por tiros de gracia. “Creemos que aquí puede estar una de las mayores fosas comunes de España en campo abierto, fuera de un cementerio: entre 300 y 600 personas”, afirma Andrés Rebolledo, presidente del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar y nieto y sobrino de dos fusilados en la zona. El cortijo de El Marrufo fue, entre noviembre de 1936 y marzo de 1937, “un centro de detención, tortura y ejecución equivalente a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en Argentina”, asegura José María Pedreño, presidente de la Federación Estatal de Foros por la Memoria. “Durante esos meses fueron detenidas una media de entre ocho y diez personas al día”, corrobora Fernando Sigler, coordinador de la investigación, que ha tenido una subvención de 55.900 euros del Ministerio de la Presidencia. “En todo el valle del Sauceda vivían por aquel entonces unas 2.000 personas”. Los asesinos, según les han contado testigos y descendientes de las víctimas durante el último año, mataron a hombres y también a mujeres y niños, a los que retenían en la ermita del cortijo. Además de los testimonios recogidos entre la gente mayor de los pueblos próximos, Sigler consultó archivos municipales, provinciales y nacionales, para documentar los consejos de guerra celebrados en la zona y el número de viudas y huérfanos de entonces. La documentación oficial de la época reconoce “una limpieza” de 50 muertos en los primeros días de noviembre en el Valle de la Sauceda y de otros 20 en el cortijo del El Marrufo. “Mi abuelo, Andrés Barrero, era arriero. Tenía un burro y unas pocas cabras. Cuando le mataron tenía 36 años y cuatro hijos: la pequeña, mi madre, de año y medio, y el mayor, de siete. También fueron a por mi tío abuelo. Mi abuela huyó al monte con los niños y los sublevados la detuvieron durante cuatro días”, relata Andrés Rebolledo. “Por eso estoy en esta lucha. No vamos a parar hasta que en este lugar se haga una exhumación. Es una responsabilidad del Gobierno, sea cual sea, llevarla a cabo”. El Pais Esto saldra en la pagina al pulsar leer mas

28 de septiembre de 2011

Cine anticapitalista: 'Margin Call'

Lo hemos dicho algunas veces. Hubo una época especialmente oscura en el que las denuncias del capitalismo en el buen cine, apenas si daba para mucho más que los alegatos británico contra el thatcherismo, sobre todo en el caso de Kenn Loach. Esta fase ya es historia, y el cine, al igual que otras variaciones artísticas que miran la realidad de frente, está aportando un continuo listado de títulos que contribuyen a describir y denunciar el sistema, y a llevar estos contenidos al público más amplio… Conocido es el éxito que ha tenido el formidable documental Inside job ( 2010), a los que habría añadir, entre otros títulos Walt Street: el dinero no duerme (2010), un producto de Oliver Stone en las horas bajas, Tha Company Men (2010), de John Wells, por supuesto, Tratamiento de shock, de Micahel Winterbottom y Naomi Klein, por no hablar de series que permite entrever una sociedad capitalistae sin oposición, o sea en la que las movimientos sociales se han quedado reducido a ONGs más o menos piadosas, más o menos solidarias, como es el caso de The Wire, un hito en el medio, y una lectura desoladora de lo que nos espera sin la actual resistencia –creciente- , perdiera terreno. Anotemos que no tardará mucho en estrenarse la última de George Clooney, Los idus de marzo, y que según la prensa diaria deja –muy merecidamente- a la actual clase política a la altura del betún. En esta lista se sitúa también Margin Call (USA, 2011), obra prima de J.C. Chandler, y que se ha estrenado estos días. El título responde al nombre que se le da un bróker cuando este pide a un inversor que añada más dinero para llegar al margen calculado, pero ni así lo consigue…Al fin y al cabo, un bróker (vaya faena más embrutecida), el bróker es un sirviente de los inversores, como lo es la dichosa clase política. La trama está ambientada en el arriesgado mundo de las altas finanzas, se trata de un thriller que compromete a las figuras clave de un banco de inversión durante las turbulentas 24 horas previas al inicio de la crisis financiera de 2008. Su argumento sigue a ocho trabajadores de un poderoso banco en este tiempo, hasta en el momento en el que Peter Sullivan (Zachary Quinto), un analista principiante, revela información que podría probar la caída de la empresa, se desencadena una catarata de decisiones tanto morales como financieras que producen un terremoto en las vidas de los implicados en el inminente desastre. El argumento está inspirado en la feroz crítica que ya en su día desarrolló David Mamet (uno de los dramaturgos y cineastas norteamericanos más interesantes) en Glengarry Glen Ross (USA, 1992), que llevó al cine James Foley con el concurso de un rutilante reparto, y y deja en videncia como el capitalismo es una lucha de todos contra todos en la únicamente salen ganadores los más fuertes. La misma tesis se manifiesta en otra película de Mamet, El último golpe, en la que una banda de delincuentes que pone el botín por encima de cualquier otra consideración porque cree que el dinero es lo único que vale la pena, acaban aniquilándose unos a otros. Margin Call, siendo una seria descripción de toda la trama de la crisis, no llega empero a la altura del talento de Mamet, es mucho más simplista. Además ni su productor ni su director lo tienen tan claro. El primero detalló sus intenciones diciendo: “”Habrá miles de versiones sobre esta historia que se van a traducir en películas. Se harán versiones que querrán poner a Wall Street eu na pica, mostrarlo por toda la ciudad y enseñar a la gente los males del capitalismo. Pero esta película no se dedica eso”, ¿a qué se dedica?, pues a contar que la irracionalidad del sistema acaba perjudicando a todos, a ricos y pobres, una verdadero dislate sobre el que su director añade una reflexión más bien estúpida: “es una historia humana…Intenté acercarme a ella con mirada receptiva, y desde ambos lados. Conozco a muchos banqueros, y no son la encarnación del mal”, claro, de cerca, a mucha gente no les parecieron tal ni Hitler ni les parece Kissinger, por poner dos ejemplos cumbres de malvados extremos. Pero esa no es la cuestión, la cuestión es que el banquero que no se olvida del cumpleaños de sus nietos, ni a lo mejor tampoco de visitar a la madre de un empleado en el hospital, está liderando un engranaje social que, ese sí, es la quintaesencia del mal. De hacer negocio con la ayuda de los ejércitos, y hacerlo a costa de los pobres del mundo, de una gente que, aunque pueda transitar por las mismas calles que ellos, no les merece el menor respeto porque, por acumular dinero, el capitalista se comporta con la misma indiferencia que el psicópata. Call no es una buena película, pero vale la pena verla por todo lo que plantea más allá de cierto esquematismo y una cierta blandura. Y si no la queréis ver, existen otras ofertas, así por ejemplo, ya que estamos en plena debate sobre ,lo que el capitalismo quiere hacer con la educación, vale la pena ver títulos como Stella (Francia, 2008), de Sylvie Verheyde, muy recomendada desde las páginas de “Dirigido por…”, y también Esperando a Supermán (USA, 2010), de David Guggenheim, que supera con creces su película anterior, Una verdad desnuda, demasiado lastrada por su “show man”, Al Gore. Pepe Gutiérrez-Álvarez en Kaos en la Red

Socialismo y religión: un debate necesario

Nada más que se mueve la historia, que la gente del pueblo comienza a plantearse alternativas, la cuestión de la religión aparece como una de las más importantes. De un lado, porque resulta evidente que los poderes establecidos saben muy bien de la capacidad que tiene la Iglesia para domesticar a millones de personas, y eso, por más que se encuentre en deterioro, sigue siendo cierto. Por otro, porque no podemos mandar a esa a gente al infierno por ignorante, habrá que discutir. Luego porque entre esa gente y nosotros existe una importante franja de hombres y mujeres que son creyentes, y que de alguna manera son un puente necesario entre ellos y nosotros… No creo que existan una corriente importante del socialismo militante que crea que, por ejemplo, no se puede ser cristiano y marxista, y cosas así. Desde luego, podemos hablar de contradicciones, pero lo cierto es que las contradicciones están por doquier, como también lo es que buena parte de la mejor militancia anticapitalista sigue teniendo su fe, su cultura. De hecho una cultura que hay que reconocer como la parte más antiguo y más persistente de la tradición socialista, presente ya en entre los profetas del Antiguo como del Nuevo Testamento. Este diálogo existió de hecho desde siempre, pero tomó una forma más consciente en los años sesenta-setenta, y fue una de las claves de la recomposición de los movimientos sociales surgidos contra el franquismo. El cristianismo no es solamente una determinada concepción del mundo, es sobre todo una cultura que se remonta a la larga fase final del Imperio Romano. Hay un cineasta de los grandes, Roberto Rossellini, que trató sobre esta cultura en una serie de filmes didácticas, y hay toda una literatura…De hecho, después de turbulentos y decisivos concilios ecuménicos y gracias a la configuración de un nuevo aparato conceptual, el Mundo Antiguo se encauzó por la senda de la religiosidad cristiana. Por fin, después de varios siglos de descomposición social y de lucha ideológica, el hombre común podía vivir tranquilamente con una concepción del mundo sólidamente configurada y operativa. Era una creencia que encarnaba la única concepción del mundo y de la vida auténticamente funcional, admisible, útil, una concepción para la cual estaban dadas las condiciones materiales e intelectuales. A partir de ese momento, el trabajo de artistas, pensadores, políticos, etc., cambió, en el sentido de que se le imprimió una dirección definida. La creatividad humana empezó a correr por cauces fijos pero claros. Una idea mueva se había apoderado del mundo y permeaba el todo de la vida humana: la idea de un Dios que lo explica todo y una Ciudad Ideal, que nos recompensaba después de la muerte. No hay que decir que esta idea, la de la una vida más allá, ha sido inherente a todas las civilizaciones, y fue una creencia central en la mayor de todas las conocidas: el antiguo Egipto. Esta manera de ver las cosas pues, vienen de muy lejos, y tienen unos valores terapéuticos, le valen hasta al más descreído cuando se encuentra solo ante la inmensidad y la hostilidad del mundo. Su historia atraviesan los siglos, y cada período debe ser estudiado como una unidad irrepetible, autocontenida, sui generis. Empero, se pueden trazar paralelismos entre diversas épocas hasta llegar a la crisis del siglo XVIII con las Luces, pero sobre todo al ambivalente siglo XIX, que puede considerarse como siglo de transición, de ebullición y de convulsiones en prácticamente todos los dominios de la vida humana. Como corresponde a todo proceso histórico crucial, el parto decimonónico de la nueva época de estabilidad tuvo un costo humano sumamente elevado. En esta fase histórica, la sociedad europea más avanzada gracias a las crisis sociales que le habían sacudido del feudalismo más estrecho, impulsada por descubrimientos científicos aparentemente inocuos, como la máquina de vapor, y sacudida por el tremendo impacto derivado de la Revolución Francesa y el fenómeno napoleónico, evolucionó irresistiblemente hacia nuevas y más desarrolladas formaciones sociales, económicas y culturales. Esto no se hizo sin un pavoroso costo social: millones de niños, mujeres, hombres y ancianos fueron sistemáticamente sacrificados para hacer posible el progreso histórico. Muchos trabajadores cayeron destrozados en el agotador trabajo de las minas, otros exhaustos en la embrutecedora e insalubre industria, en los astilleros o en el desamparo. Así es: el grandioso progreso europeo actual se fluida, en última instancia, en el sacrificio realizado el siglo pasado por una gran parte de la población continental. Pocas cosas son tan dramáticas como el contraste entre la familia burguesa, bien alimentada y con la vida asegurada, y la famélica familia proletaria. En muy pocos años, como prolongación de la gozosa caída del Ancien Régime, la sociedad se dividió básicamente en dos grandes grupos: el de los poseedores de los medios de producción y el de aquellos que lo único que tenían como mercancía era su fuerza de trabajo. La “fosa social” era atroz, pero el mundo tenía que seguir su marcha. Había, empero, almas sensibles para las cuales dicho contraste no podía pasar desapercibido, pero que tampoco podían ser testigos mudos de dicha realidad, de tal injusticia, de los horrores cotidianos del siglo en que vivían. Conscientes de que no podían, como individuos, hacer nada para modificar el inundo, aspiraron por lo menos a dejar plasmados en palabras su dolorosa experiencia y su rechazo moral. Fue cuando una hornada de hombres y mujeres desarrollaron los trazos del ideal socialista, trazos que en el caso de Karl Marx, se inscribe en un proyecto en el que la clase obrera organizada y consciente debía de poner en pie su propio proyecto, más allá del horror que presenciaban corno de su incapacidad para anularlo era simplemente denunciar la crueldad del sistema, criticarlo, ridiculizarlo, tratar de escapar de él aunque fuera por la vía de la novela y la poesía. Y entonces, en medio de esa podredumbre social, de esos magníficos banquetes frente a niños muertos de hambre, surgió el arte romántico. No es por casualidad que al siglo XIX pertenecen lo que tal vez sean las páginas más conmovedoras de la literatura universal. El arte romántico, en efecto, no es sino una reacción de sensibilidad e inconformidad moral frente a un modo de vida en el que los individuos se veían forzados a vivir en condiciones infrahumanas. La miseria social entró en la gran literatura, y autores como Charles Dickens, Thomas Hardy, Víctor Hugo, Emile Zola, y otros, nos dejaron impresionantes frescos que daban una idea cabal de la crueldad de los tiempos. Este es un siglo de dolor y de protesta por el dolor’. Quizá no esté de más señalar que algo muy similar pasaba en un plano un poco más abstracto de pensamiento, en la filosofía. De lo que se trataba era siempre de salvar al individuo, ya fuera haciéndole entender que así es la vida o postulando mejores tipos humanos para el porvenir, pero ese individuo no era nada por sí mismo, tendría que hacer un individualista solidario, alguien que está pro su propio proyecto personal como parte de otra común. Entre estas voces, destaca, entre otras muchas, la del conde-mujik León Nicolaievich Tolstói, un hombre que entendió que había que rehacer la Creación. Tolstói no era estrictamente hablando un filósofo, aunque sí era muchas otras cosas. Era un novelista, un participante apasionado de las cosas, alguien que dominaba idiomas y que podía aprender otro con tal de comprender mejor. Pero el piensa en la gente sencilla que le rodea y a la que admira con todas sus flaquezas. Es cuando interpreta los Evangelios, tanto es así que se habla de Los Evangelios según León. Fruto de este encuentra fue un hermoso libro sobre la no violencia intitulado, significativamente, ‘El Reino de Dios está en Nosotros’, ni en sus grandes novelas ni en sus cuentos ni en sus escritos auto-biográficos desarrolla Tolstói un sistema ordenado de ideas y tesis. Si lo que alguien buscara en la obra de Tolstói fuera un sistema filosófico o por lo menos una filosofía de la religión sistemáticamente presentada y bien argumentada, podernos asegurarle que no lo encontrará. Pero quizá ello se deba no tanto a que Tolstói hubiera carecido de intuiciones geniales acerca de la vida religiosa sino más bien a que, mejor tal vez que nadie en su época y como muy pocos antes y después de él, Tolstói había ya logrado aprehender algo esencial de la vida religiosa, algo que por carecer del instrumental conceptual adecuado ciertamente no habría podido enunciar. Ese algo es ni más ni menos que la idea de que la transmisión de pensamientos religiosos no puede lograrse por medio del modo usual, literal o directo de hablar. Pero antes de que nosotros nos adentremos en el terreno de la especulación acerca de la religión, sería conveniente verter algunas ideas sobre los rasgos distintivos del pensamiento toistoniano. Repasando esta parte de su obra, se percibe que, a diferencia de lo que pasa con otros autores, muchos de sus personajes parece carecer de vida propia y haber sido construidos tan sólo para poder expresar una idea religiosa importante, pero este es también un recurso literario que Tolstói explota brillantemente. Y es precisamente a través de sus personajes que son abordados muchos temas relacionados con la religión. Por lo pronto, podemos distinguir tres grandes áreas de reflexión: --a) la crítica a la Iglesia ortodoxa rusa y con ella, a toda religión institucionalizada; --b) una interpretación literal y defensa de Jesucristo no como hijo de un Dios terno, sino por sus enseñanzas concretas; --c) una intelección novedosa de la utilidad y el funcionamiento del lenguaje religioso para expresar sus inquietudes ante los más diversos problemas, sobre todo en referente a las guerras. Siendo muy joven. Tolstói entendió el papel retrógrada de los popes en la Rusia zarista, el dogmatismo irracional del papado, el parasitismo de las instituciones eclesiásticas, el cínico engaño y la permanente y despiadada explotación de almas ingenuas, de la gente sencilla que humildemente pide a Dios, a través de sus supuestos representantes en la Tierra, cosas tan simples y necesarias para la vida como que la cosecha sea buena, que no se le mueran los niños de frío o de hambre, que nos los castigue demasiado cruelmente el amo. Tolstói percibió y exhibió el paradójico y grotesco espectáculo de la transformación del cristianismo, y ello por parte de sus propios abanderados, en un auténtico sinsentido. La aversión por la hipocresía y la superflua pompa litúrgica fue denunciada en sus obras una y otra vez. La crítica tolstoniana a la religión como conglomerado de instituciones, edificios, ritos, prácticas mecanizadas y pagadas (bautizos, bodas, comuniones, confesiones. etc.), de hecho convirtieron a Tolstói en un precursor de un cierto socialismo libertario de signo cristiano cuya pista nos lleva muy lejos, por ejemplo a Casaldáliga. Desde estas concepciones, Tolstói de buen seguro no habría asistido a la cita de la revolución, desdeñó la de 1905, y lo habría hecho igual con la de 1917 aunque también habría denunciado la “Gran Guerra”, a la que ya denunció en sus primeras manifestaciones. No obstante, muchos de sus discípulos si estuvieron en la cita, y entre los revolucionarios, todos lo habían leído y habían aprendido de él. De hecho, tanto Plejanov como Lenin y Trotsky mostraron su interés y su admiración, obviamente acondicionada desde el marxismo abierto. Su voz clamó por una reforma agraria integral, contra el compromiso de la Iglesia Ortodoxa con la nobleza terrateniente rusa, contra los privilegios y por una escuela que antecede a la de Ferrer i Guardia. En sus diatribas contra la religión institucionalizada es que le permitió desenmascarar el fraude religioso cometido por ellas, esto es, la tergiversación del mensaje divino, así como la aniquilación de una forma de vida humana y su reemplazo por una mera parodia de ella. Como buen “hereje” socialista, Tolstói contrasta el cristianismo oficial con la verdadera enseñanza de Cristo. Su gran aportación reside en su insistencia por “naturalizar” dicha enseñanza. No más verdades ininteligibles. No más misterios que no sirven más que para poner límites al funcionamiento de la inteligencia, no más seudo-teoría cosmogónica. La religión, por lo menos la asociada con Cristo, no es una super-teoría acerca del universo, sino un modelo de vida, algo que fue elaborado para servirnos aquí y ahora. Tolstói entendió que no es posible eludir la terrible verdad de que la auténtica religión nos lleva inevitablemente por derroteros que no son los del éxito social, en toda la extensión de la expresión. Antes al contrario: la verdadera religión, debido al sentimiento de solidaridad y compasión que infunde por aquellos de nuestros congéneres que sufren, de manera natural nos aparta de la vida de lisonja, de las aspiraciones usuales de poder, riqueza o sensualidad a las que los humanos son tan proclives. Lo dicho: la religión, por lo tanto, no es una teoría, sino un modo de vida. Ahora bien, todo modo de vida debe tener un modelo. El modelo tolstoniano es Cristo, pero no el Cristo paulino, sino el Cristo del Sermón de la Montaña. Ser un hijo de Dios, haber sido bendecido por El, es ser alguien que, a fuerza de ensayos y errores, se aproximan cada vez más al ideal encarnado en Cristo. De lo que se trata, por lo tanto, es de imitarlo. Es función de la religión inducirnos a ello, porque es en ese esfuerzo por ser como El que encontraremos el Reino de Dios. Entendámoslo de una vez por todas: el Paraíso no está en el firmamento, sino en el corazón del hombre caritativo, piadoso, solidario, no perdido en el infierno del egoísmo, la soberbia, las veleidades de la vida social, la superficialidad espiritual. Es esto último y no otra cosa el infierno. La degradación de la religión, su asimilación como religión del Estado, se desarrolló de cara a los humillados y ofendido que buscaban en ella el consuelo ante este valle de lágrimas, a través de una forma de “etapismo”, primero había que sufrir resignadamente las penas de la vida, y la mansedumbre sería garantía para llegar al Reino de los Cielos, donde todos seríamos hijos de un mismo Dios. Este debate nos lleva a una serie de consideraciones básicas, una cosa es la Iglesia como burocracia y otra muy distinta, la gente de a pie que puede creer total o parcialmente en ella, siendo lo de parcial seguramente mayoritario. Se trata de establecer con argumentos que esta Iglesia no es condenable en tanto que cristiana, lo es en tanto que en la práctica niega y deforma las razones básicas del cristianismo de amar al prójimo como a ti mismo, y a Dios en todas las cosas. Desde este punto de vista. Difícilmente podrá haber más anticristiano que un seguidor del Opus Dei, o que un obispado que alimenta ondas del odio como la COPE…Se trata de desautorizar a los que en nombre de Cristo contribuyen al dominio de los señores del Gran dinero que hablan también en nombre de dios para seguir con más de lo mismo. Pepe Gutiérrez-Álvarez en Kaos en la Red

Un abarrotado Baluarte homenajea a Marcelino Camacho

Cientos de personas han presenciado esta tarde en Baluarte el homenaje que CCOO de Navarra ha rendido al histórico líder sindical Marcelino Camacho, fallecido hace casi un año. El acto ha estado cargado de momentos emotivos, con proyecciones audiovisuales de las diferentes etapas que vivió Marcelino, con los poemas de Miguel Hernández que ha recitado la actriz Mary Paz Pondal, y con las palabras del secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, y el secretario general de CCOO de Navarra, José María Molinero. Ignacio Fernández Toxo ha recordado a Marcelino Camacho como “el hombre que modernizó y transformó a CCOO en el primer sindicato del país a partir de una apuesta decidida y valiente por la autonomía sindical y un proyecto de reivindicación y propuesta, de presión y negociación, que hoy sigue determinando la acción sindical de CCOO” Uno de los momentos más especiales ha sido cuando su viuda, Josefina Samper, y su hijo, Marcel Camacho, han recogido un detalle y han expresado unas palabras de agradecimiento, al igual que los sindicalistas navarros que asistieron junto a Marcelino Camacho a la Asamblea de Barcelona de 1976, momento en el que se unificó el movimiento de las Comisiones Obreras como una confederación sindical. Algunos lo han definido como el ‘nobel’ de la lucha por los derechos de los trabajadores. Y es que pocas personas en la historia de este país han tenido la capacidad de dejar tanta huella de compromiso como el fundador y primer secretario general de CCOO, fallecido el 29 de octubre de 2010. En la guerra, en el exilio, en la dictadura y en democracia; desde las calles, desde las asambleas y desde la cárcel, Marcelino Camacho siempre luchó al lado de los trabajadores por sus derechos y por conseguir la igualdad de personas y pueblos. Las convicciones, los valores y el compromiso de Marcelino siempre han estado presentes en las decisiones de CCOO y en la lucha de nuestro día a día, pero con este homenaje nos sentiremos todavía más cerca de nuestro compañero y camarada, un hombre que arriesgó su vida para conseguir un país libre y por ello fue juzgado y encarcelado en varias ocasiones durante 14 años. Desde su valentía, su honestidad y su humildad, lideró el movimiento sindical para conquistar los derechos que la dictadura había usurpado a la sociedad española y a su clase trabajadora. Marcelino fundó CCOO a finales de los años 50 junto a otros muchos sindicalistas. Fue el primer secretario general y ocupó este cargo durante 10 años, en la clandestinidad de la Asamblea de Barcelona de 1976 y en el I Congreso, ya conquistada la democracia, en 1978. Después ocupó la presidencia de esta organización hasta 1996 y contribuyó decisivamente a convertir CCOO en el primer sindicato del país. Nadie consiguió hacerle callar. Su defensa del sindicalismo de presión-negociación, su famosa frase “ni nos doblaron, ni nos domaron, ni nos van a domesticar”, sigue inspirando no solo a CCOO sino a todo el movimiento sindical internacional, que reconoce en Marcelino a un símbolo de la lucha por la libertad, la igualdad y la justicia social. Hoy, en estos tiempos tan complejos, es más necesario que nunca continuar con su legado.

"El asesinato de Carrero Blanco por un comando de ETA militar aceleró la descomposición del régimen franquista"

"El asesinato del almirante Carrero Blanco por un comando de ETA militar, el 20 de diciembre de 1973, supuso el principio del fin del régimen. Matando a Carrero, acabaron con el “otro yo” de Franco, el hombre en el que éste pensaba cuando decía que “todo estaba atado y bien atado”. La muerte de quien había mantenido una probada fidelidad a Franco desde el momento en que entró a trabajar con él en la década de los cuarenta y había sido, además, influyente en alguna de sus decisiones más importantes, aceleró la descomposición del régimen" Sumario: I. Introducción.- II. El tardofranquismo.- III. De la muerte de Franco a la legalización de los partidos políticos.- IV. Pluralismo político y elecciones democráticas. I. Introducción Los partidos políticos han desempeñado en la transición política un papel importante en la estructura democrática de España. No debe olvidarse que partíamos de una situación en que la clandestinidad había impuesto gravísimas limitaciones a la actividad de los pocos partidos de oposición y, por otra parte, la derecha no había podido estructurar una opción alternativa a la que, desde los propios fundamentos del régimen franquista, se le otorgaba por la vía del Movimiento. Por ello, la Constitución de 1978 definió un régimen parlamentario en el que se potenció el papel de los partidos, para cohesionar la vida política y establecer cauces estables de participación a todos los ciudadanos. Sentado lo anterior, vamos, con brevedad, a contemplar los precedentes históricos para pasar a analizar el destacado papel que en el cambio democrático de nuestro país jugaron los partidos políticos. II.- El tardofranquismo El 17 de julio de 1969 Franco designaba sucesor, a título de Rey, al Príncipe de España, don Juan Carlos de Borbón. El tiempo transcurrido desde esta fecha y el 20 de noviembre de 1975 en que tiene lugar la muerte de Franco, denominado por los historiadores “tardofranquismo”, constituye la fase final, en cierto sentido degenerativa, de un régimen estrechamente vinculado con la persona del Jefe del Estado. El actor esencial de este período fue, sin lugar a dudas, la decadencia física de Franco. La enfermedad de Parkinson que padecía debilitó la otrora voluntad férrea del dictador y le hacía especialmente vulnerable a quien ya octogenario estaba en la senectud. En vez de tomar la iniciativa, solió estar dominado por los acontecimientos; por vez primera su familia influyó de modo decisivo en algunas de sus decisiones políticas y, en fin, testimonió una voluntad débil y titubeante. Si nunca antes su esposa, su yerno, el marqués de Villaverde, algunos de sus médicos y compañeros de armas, habían desempeñado algún papel político importante, ahora las cosas empezaban a cambiar. Franco siempre había sido esencial para el franquismo por su capacidad de arbitraje ante las diversas facciones de las fuerzas que formaban su régimen. Ahora, ante su decadencia, eso era imposible. La primera característica de este período consistió en la división de la clase política del régimen. Tiempo atrás, por ejemplo, la contienda acerca del asociacionismo político hubiera sido impensable porque la oposición a él del propio Franco lo hubiese impedido. El aperturismo que, en grado mayor o menor, practicaron todos los sectores del franquismo no era otra cosa que una conciencia de que existía una divergencia grande y creciente entre la sociedad española y sus instituciones políticas. El ocaso físico del Caudillo mostraba muy a las claras que su sistema ya no servía y se abrían las expectativas imprescindibles para sustituirlo a su muerte. Era –seguía siendo- una dictadura, pero le caracterizaba su extrema debilidad. El asesinato del almirante Carrero Blanco por un comando de ETA militar, el 20 de diciembre de 1973, supuso el principio del fin del régimen. Matando a Carrero, acabaron con el “otro yo” de Franco, el hombre en el que éste pensaba cuando decía que “todo estaba atado y bien atado”. La muerte de quien había mantenido una probada fidelidad a Franco desde el momento en que entró a trabajar con él en la década de los cuarenta y había sido, además, influyente en alguna de sus decisiones más importantes, aceleró la descomposición del régimen y dejó en entredicho las previsiones sucesorias hechas por el propio Franco. Como bien sostiene Areilza, el asesinato del Presidente del Gobierno aceleró al menos en un lustro el cambio democrático, porque el programa de Carrero –como él reconocía en su discurso ante las Cortes el 23 de julio- “se puede resumir en una sola palabra: continuar”. Y tras su muerte, el continuismo era ya imposible, entre otras cosas porque la voluntad de cambio de la sociedad española así lo exigía. Con la voladura del coche del delfín de Franco se produjo también la voladura del sistema. El Príncipe no iba a seguir el camino que su antecesor le había escrupulosamente trazado. La muerte de Carrero dejaba lista la sucesión para la presidencia del Gobierno, que interinamente asumió Torcuto Fernández Miranda. Para sorpresa de todos, el Ministro de la Gobernación, Carlos Arias Navarro, el hombre del que dependía la seguridad del almirante Carrero, había sido el elegido para sucederle en la presidencia del Gabinete. Su vinculación con los medios familiares del anciano Jefe del Estado, y en especial de Carmen Polo, le habían aupado a tan alto cargo. Los que, desde dentro del régimen, confiaban aún en la supervivencia del sistema, creyeron por un tiempo que con el nuevo Presidente se abría una puerta a la esperanza. Pero fue una vana ilusión que apenas superó la fecha del 12 de febrero de 1974. Ese día, Arias en el Pleno de las Cortes expuso un ambicioso programa de gobierno en el que se prometían numerosas reformas legales, incluida la del asociacionismo político. El llamado “espíritu del 12 de febrero” fue acogido dentro y fuera de España muy favorablemente. Sin renunciar a nada del pasado, se afirmaba que de la adhesión había que pasar a la participación. Esta promesa de Arias le otorgó un voto de confianza y dio la sensación de hacer posible la reforma del régimen desde su propio seno. Sin embargo, apenas dos semanas después Arias había perdido casi todo su crédito. Una homilía del obispo de Bilbao, monseñor Añoveros, hecha pública el 24 de febrero, en la que se refería al “problema vasco”, desataba una de las más graves crisis de todos los tiempos entre el Estado y la Iglesia. A su vez, la ejecución del anarquista Puig Antich, acusado de haber dado muerte a un policía, y al que ni las peticiones de Pablo VI ni de buena parte de la comunidad internacional lograron nada, acabó por disipar la confianza en Arias y en su Gobierno. Pero si por un lado Arias decepcionó a los reformistas, por otro resultó también insatisfactorio para la extrema derecha, que a partir de entonces empezó a manifestarse. En junio de 1974, el Presidente del Gobierno, en pleno repliegue de las decisiones que había adoptado anteriormente, declaró que el Movimiento Nacional y el pueblo español eran una misma cosa. Unas semanas después una grave enfermedad obligó a Franco a dejar la Jefatura del Estado durante unos meses, en los que la ejerció, muy a su pesar, el Príncipe de España. Tres acontecimientos contribuyeron a ensombrecer el panorama político. En primer lugar, el aumento de los precios del petróleo en el mes de octubre de 1973 que se tradujo en una crisis económica que, de hecho, vino a solaparse con la transición de un régimen a otro. Además se produjo un nuevo aislamiento del régimen con la ejecución el mes de septiembre de 1975 de cinco terroristas después de juicios con escasas garantías judiciales; el hecho de que se ejecutaran las sentencias de pena capital demostraba el endurecimiento del sistema. Finalmente, la cuestión del Sahara. Marruecos, aprovechando la enfermedad de Franco, amenazó con una marcha hacia las posiciones españolas. Los dirigentes del régimen no encontraron mejor fórmula para evitar la acumulación de problemas que pactar con los marroquíes. De esta manera se firmó el Tratado de Madrid en el que se entregaba el destino de la antigua colonia española a Marruecos y Mauritania, al mismo tiempo que se creaba un problema permanente en esta zona geográfica. A mediados de octubre del año 1975 comenzó la larga agonía del general Franco. España vivió en la expectación a lo largo de cinco interminables semanas en las que se fue haciendo inevitable el desenlace. El dictador fallecía el 20 de noviembre y con éste lo hacía un régimen que duró casi cuatro décadas y que, como explicaremos más adelante, se deshizo en poco menos de doce meses. Ese día comenzaba la transición política en España. La fórmula continuista “después de Franco, las instituciones” indicaba que la legitimidad carismática del Caudillo, en términos weberianos, era por naturaleza intransferible, al estar basada en un sentimiento irracional y fanático. III. De la muerte de Franco a la legalización de los partidos políticos Las instituciones del régimen funcionaron con normalidad y el sucesor a título de Rey, don Juan Carlos de Borbón, fue proclamado el 22 de noviembre ante las Cortes. Sin embargo, la situación no se presentaba en absoluto confortable para el joven Monarca, al que el líder comunista Santiago Carrillo apodara “Juan Carlos el Breve”. El Rey era, al mismo tiempo una incógnita, y el depositario de grandes expectativas. En aquellos momentos, afirma Tusell, “era atacado por la izquierda e ignorado por el centro, mientras que la derecha quería manipularlo, pero estaba destinado a jugar un papel crucial en la transición en paz a la democracia”. Hoy no podemos ignorar el papel decisivo que le correspondió a la Monarquía en el proceso de transición a la democracia en nuestro país. A la vez que era heredera de una situación autoritaria –y como tal las instituciones vigentes no podían volverse contra ella-, ella misma resultaba, como escribió Areilza, el “motor del cambio”. Esta ambivalencia de la institución monárquica le permitió cumplir con una función decisiva en todo el proceso de transición. No obstante, nada de esto podía haberse hecho si no hubiera ido acompañado de determinadas virtudes y capacidades del propio don Juan Carlos. El que fuera durante mucho tiempo “el gran manipulado”, en palabras de Bardavío, muy pronto hizo patente que sus rasgos personales eran los más apropiados para la misión que le tocaba desempeñar: equilibrio y prudencia, control de sí mismo y frialdad en el juicio, pero no en el trato, sencillez y claridad. Con todo, no faltaron las dificultades desde el principio de la transición. La primera de ellas pudo ya comprobarse en un plazo muy corto de tiempo cuando el Rey intentó que fuera nombrado Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino Fernández Miranda, antiguo preceptor suyo y hombre que gozaba de su total confianza. Pese a la oposición de los sectores más acérrimamente leales al recuerdo del pasado, don Juan Carlos consiguió su propósito. No quiso el Rey arriesgar más, como quizás hubiera sido su deseo, y situarle al frente del gobierno y, por precaución, confirmó a Arias para dirigir el primer gabinete de la Monarquía. Probablemente por la decisión del Jefe del Estado figuraron en el nuevo Consejo de Ministros reconocidos reformadores como Fraga, Areilza o Garrigues. Junto a estas figuras había otras de escasísimo peso político como era el caso de una prácticamente desconocido Adolfo Suárez. Arias, sin embargo, no pareció haber sido demasiado consciente de las circunstancias que explicaban el porqué de su mantenimiento en la Presidencia del Gobierno. Los seis meses que ostentó este cargo no fueron sino un período de desorientación y falta de rumbo político. Desde muy pronto el gabinete se dividió entre los partidarios de realizar unas reformas y quienes deseaban, sobre todo, mantener el recuerdo del pasado. La falta de liderazgo del jefe del Ejecutivo fue asumido por Manuel Fraga, ex ministro de Información y Turismo y autor de una destacada Ley de Prensa (1966), que ocupaba una de las tres vicepresidencias del actual gobierno y también tenía a su cargo la cartera de Gobernación, que trató de convertirse, en expresión de Tusell, en la reedición de Cánovas del Castillo. El continuismo reformista de Fraga, de todos modos, era un planteamiento inviable para la oposición antifranquista, porque su objetivo era lograr una democracia limitada. Así las cosas, el Gobierno Arias se vio frecuentemente desbordado por los acontecimientos, mientras que su Presidente paralizaba las intentonas reformistas sin proponer a cambio un programa alternativo. Y así ya en el mes de enero del año 1976 se produjo la primera decepción profunda causada por el Gobierno en lo que respecta a la posibilidad de una transición a la democracia. Su discurso ante las Cortes consistió apenas en una cuantas concesiones verbales inconcretas. Si en un principio habló de la posibilidad de un número de partidos políticos que habría en España, luego abominaba del término y siempre acababa indefectiblemente por demostrar su anclaje en el pasado. En estas condiciones el proyecto de reforma se redujo en la práctica a nada. Las Cortes franquistas fueron prorrogadas; se derogó el decreto antiterrorista en muchos de sus apartados más duros y se dictó una nueva Ley de Reunión y Manifestación que llegaría a ser aprobada por la cámara sin excesivas dificultades. Sin embargo esas dificultades aumentaron en el momento mismo en que se empezó a tratar el tema del asociacionismo. Un fulgurante Adolfo Suárez, en los primeros días del mes de junio, defendió en las Cortes, mediante el procedimiento de urgencia, el esperado proyecto de ley de las asociaciones políticas. Las novedades más destacadas del mismo era que el control de las asociaciones se desplazaba del Movimiento al Ministerio de la Gobernación y, por otro lado, se ampliaban notablemente los requisitos para constituir asociaciones. Pese a ello, la negativa por las mismas Cortes a modificar el Código Penal, impidió la legalización de los partidos políticos, tal como preveía la nueva ley. No se trataba de la lucha por el poder político, sino que se decidía el futuro democrático de nuestra Patria. El pulso entre la España franquista y continuista y la España del cambio era evidente. La España franquista estaba todavía bien representada en altas instancias y organismos: Movimiento Nacional, Cortes, Ministerios, Ejército, Iglesia, Sindicatos, etc. La España nueva se revolvía y ansiaba un cambio democrático. En los primeros días del mes de junio de 1976 el Rey realiza su primera visita de Estado a los EEUU. Allí provoca el aplauso general y entusiasta en un discurso ante senadores y congresistas en el que nada de lo que dice tiene que ver con lo que defiende Arias en Madrid. Don Juan Carlos, cada vez menos satisfecho con su Jefe de Gobierno, le llama el 1 de julio para “invitarle” a que deje su puesto, dimisión que consuma ese mismo día. Arias nunca había sintonizado ni con el impulso regio ni con el anhelo general de una transición sin traumas. Pese a que se esperaba, en general, que se formase un gobierno encabezado por Areilza, don Juan Carlos nombró a Adolfo Suárez para el cargo de Presidente del Consejo de Ministros. En este nombramiento tuvo un papel importantísimo Fernández Miranda. El Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino cumplió dos grandes tareas en la transición: la primera, colocar a Suárez en la terna de la que el Monarca había de elegir al sucesor de Arias; y, segunda, sacar adelante la Ley de Reforma Política. El 3 de junio, los consejeros del Reino presentaron al Jefe del Estado la siguiente terna: Silva Muñoz (15 votos), López Bravo (13 votos) y Adolfo Suárez (12 votos). Fernández Miranda, camino del Palacio de la Zarzuela, dijo a los periodistas: “Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que el Rey me ha pedido”. Contra todo pronóstico y ante el asombro de muchos personajes del antiguo régimen, salió elegido Suárez. Los antecedentes políticos del nuevo Presidente, que le vinculaban muy estrechamente con la Falange, incidió para que su gabinete fuera acogido con reservas. En cambio, muy pronto mostró su voluntad de reforma política a través de una serie de gestos y medidas, la primera de las cuales fue la concesión de la anhelada amnistía a los presos políticos. El 19 de julio las Cortes aprobaron la Ley de reforma del Código Penal, que afectaba muy estrechamente a los derechos de reunión, manifestación y asociación. Días después, Suárez iniciaba el diálogo con representantes de la oposición, cenando con el Secretario General del PSOE, Felipe González. El 4 de septiembre se entrevistó con el Presidente del Partido Socialista Popular, el profesor Tierno Galván. Los acontecimientos se suceden rápidamente. Suárez, cuya frase “elevar a la categoría de normal lo que a nivel de calle es completamente normal” corre de boca en boca, marca el ritmo adecuado y medido de lo que va a ser la transición a partir de ahora. Como recomendaba Maquiavelo, Suárez supo como nadie “mantener siempre en suspenso y asombrados los ánimos de sus súbditos”. En términos generales el Gobierno se caracterizó por dos rasgos que también serán propios de su Presidente: la juventud y la moderación. Tan sólo uno de sus miembros, el almirante Pita da Veiga, había sido ministro con Franco, y la media de edad era de 44 años. Siguiendo los planteamientos de Fernández Miranda –en “ir de la ley a la ley”-, se procedió a la redacción de una ley de reforma política en la que colaboraron el propio Fernández Miranda, Osorio y Landelino Lavilla, manteniendo un cierto contacto con la oposición respecto de su contenido. Sin duda, un rasgo esencial para comprender esta ley es su carácter instrumental. La flexibilidad era tal que, según Cavero, venía a ser una ley de transacción para la transición. Así, en el preámbulo de dicho texto se declaraba que “la democracia, resultado del esfuerzo y trabajo de todo el pueblo español, no puede ser improvisada”. A continuación hace un llamamiento al respeto de la Ley a la voluntad mayoritaria del pueblo para reformar las leyes y afirma que “las modificaciones que se contienen en esta Ley se ciñen estrictamente a los mínimos pero necesarios aspectos exigidos por un auténtico proceso democrático, al respeto a la legalidad y a la sumisión a la voluntad final de los españoles que ha de constituir su último y permanente fundamento”. Tras tensas y agotadoras jornadas de debate, el día 18 de noviembre se aprobó en las Cortes el proyecto de ley para la Reforma Política con el siguiente resultado: 425 votos a favor, 59 en contra y 13 abstenciones. Con esta votación comenzaba el desmantelamiento de la legislación política de cuatro décadas. Muy pronto caería, una tras otra, la mayoría de las leyes que vertebraban el sistema político-social del franquismo. Desde el punto de vista jurídico, la LRP, definida por Lucas Verdú como la “octava Ley Fundamental”, significó un punto de inflexión en la transición en lo que tuvo de autorruptura desde dentro del régimen. El régimen –dirá García San Miguel- , sin romper formalmente con su propia legalidad y sin perder el control del proceso en ningún momento se transformó en una democracia. Las fuerzas de la oposición, que habían concedido poca credibilidad a la voluntad democratizadora del Gobierno, trató de frenar la reforma en dos ocasiones: la primera, antes del referéndum de la LRP, mediante la convocatoria por parte de la Coordinadora de Organizaciones Sindicales de una jornada de paros, el 12 de noviembre, que fue un relativo fracaso político; y la segunda, en el referéndum, no oponiéndose frontalmente, pero sí haciendo una llamada a la abstención. En la consulta prevista, celebrada el 15 de diciembre, ganó el “sí” del Gobierno (94,1 por 100), poniendo de manifiesto que la sociedad no deseaba un proceso de ruptura como el propugnado por la oposición. La discusión, a partir de este momento, ya no será autoritarismo-democracia sino qué grado de transformación política se alcanzaría. Entre enero y junio de 1977 el Gobierno procedió mediante 38 decretos-leyes (es decir, sin el concurso de las Cortes orgánicas) a desmantelar las instituciones franquistas (Movimiento Nacional y Tribunales de Orden Público). Por otro lado, se creó la Audiencia Nacional; se concedieron medidas de gracia; se reorganizó el derecho de huelga; la restauración de las Juntas Generales de Guipúzcoa y Vizcaya, y la publicación de la Ley Electoral. En esta fase la reforma peligró por efecto del terrorismo de distinto signo: el de extrema derecha, el de extrema izquierda y el radical vasco. Durante el período 1975-1980 ETA fue responsable de aproximadamente el 70 por 100 de los actos terroristas. A su vez, la acción del GRAPO, un grupo surgido del PCE (m-l), fue sorprendentemente espectacular. Los secuestros de Antonio María Oriol, Presidente del Consejo de Estado, cuando todavía no se había aprobado por referéndum la LRP, y del general Villaescusa, Presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, unas semanas después, conmocionaron al país. Un momento especialmente dramático fue el asesinato por la extrema derecha de cinco abogados laboralistas del PCE el 24 de enero de 1977, en Madrid. Aquel suceso, no obstante, sirvió para poner de manifiesto la actuación responsable de los comunistas, y contribuyó a que más tarde fuera posible su legalización. Antes de los comicios del 15 de junio de 1977 se produjo un hecho destacado: la renuncia de don Juan de Borbón a sus derechos dinásticos a favor de su hijo, el Rey Juan Carlos. Significativamente, pocas semanas después dimitió Fernández Miranda, entre otros motivos, al interpretar que la renuncia del Conde de Barcelona dejaba sin sentido todo lo realizado hasta el momento, al dar carta de naturaleza a una legitimidad ajena al ordenamiento político del régimen franquista. Ahora bien, lo esencial de la LRP era la configuración del marco institucional para realizar elecciones democráticas. Con todo, pese a su importancia, la normativa electoral no fue negociada con la oposición, pero el Gobierno respondió a las exigencias mínimas para que fuera aceptada por la izquierda: en efecto, el Decreto-ley 20/1977, de 18 de marzo, no favorecía ninguna ideología concreta, sino que primaba a los partidos mayoritarios, aunque creaba mecanismos de representación que daban ventajas a las candidaturas del Gobierno. Este Decreto confería un criterio de representación proporcional para el Congreso y, para moderarlo, otro mayoritario para el Senado. Si los reformadores procedieron a romper con las instituciones del régimen anterior dando paso a una nueva legalidad, lo que necesitaban para legitimar y dar credibilidad al proceso era incluir en él a la oposición. En realidad, como ha señalado el profesor Sánchez Agesta, los partidos de oposición al negarse a reconocer el decreto regulador del asociacionismo político de Arias Navarro, habían venido funcionando en la práctica como asociaciones de hecho con una amplia tolerancia por parte de los poderes públicos. Ahora la línea de diálogo y acercamiento a la oposición emprendida por Suárez se acrecentó, Y así, entre el 5 y el 8 de diciembre de 1976, con autorización gubernativa, el PSOE celebraba en la capital de España su XXVII Congreso. A este acto acudieron los principales líderes del socialismo europeo, como, Willy Brand, François Mitterrand, Olof Palme, Mario Soares, Michael Foot, Pietro Nenni y otros representantes de más de diez países. El 23 de diciembre de dio el primer paso para las negociaciones entre el Gobierno y la oposición: Tierno Galván y Pujol se entrevistaron con Suárez. Estas negociaciones actuaron como mecanismos de legitimación mutua, el Presidente del Gobierno obtuvo así cierta credibilidad democrática y sus interlocutores el ansiado reconocimiento que deseaban. Con anterioridad, el 23 de octubre de 1976, Coordinación Democrática, la Asamblea de Cataluña y otros partidos regionales habían creado una débil Plataforma de Organización Democrática (POD). Suárez, después del referéndum de la LRP, que reforzó su liderazgo, recibió a una representación de la misma para iniciar una ronda de conversaciones que debía aclarar los principios mínimos para celebrar elecciones. Durante esta fase, que se prolongó hasta junio de 1977, los reformistas lograron que los representantes de la POD, denominada la Comisión de los Nueve, reconocieran la Monarquía, la bandera nacional y la unidad de España, y no exigieran responsabilidades políticas. A cambio, el Ejecutivo aceptó la inelegibilidad de sus miembros en las elecciones (salvo el Presidente), la legalización de los partidos políticos y la elaboración de una normativa electoral que resultó aceptable por la oposición. En febrero de 1977 dio comienzo el proceso de legalización de los partidos políticos, a los que la ortodoxia del franquismo calificaba de “instrumentos perversos”. El escollo mayor lo representaba el PCE. Para el búnker y el ejército, la legalización del comunismo significaba echar por la borda aquello por lo que habían combatido desde 1936. Sin embargo, Suárez, de acuerdo con la oposición, era consciente de que la democracia carecería de credibilidad sin la presencia en las urnas de los comunistas. En realidad, el PCE llevaba en una situación de tolerancia real desde diciembre de 1976. Su Secretario General, Santiago Carrillo, había regresado del exilio en febrero de ese año, permaneciendo oculto pero iniciando consultas tanto con el Presidente del Gobierno, en casa del abogado José María Armero, como con la oposición. Aunque el Tribunal Supremo declinó pronunciarse respecto a la validez de los estatutos presentados por los comunistas en el Ministerio de la Gobernación, Suárez, en una decisión personal (los ministros no estaban en absoluto informados), legalizó el PCE el 9 de abril, un sábado santo en que, por las vacaciones, la capacidad de reacción de la clase política y periodista era menor. Fue, sin duda, la decisión mas arriesgada de toda la transición política. Al legalizar el Partido Comunista, Suárez, dio el paso más importante para la convivencia pacífica, que superaba las discrepancias de la guerra civil. Fraga, ya lanzado por el camino de la atracción del voto más conservador, juzgó lo sucedido como un verdadero golpe de Estado. Tal actitud, al menos desafortunada, sería rectificada con el transcurso del tiempo. En medios militares se produjo, asimismo, un evidente revuelo y la reacción tampoco se hizo esperar. El Ministro de Marina, almirante Pita da Veiga, presentó su dimisión. Más grave, si cabe, fue la nota del Consejo Superior del Ejército, en la que manifestaba su repulsa a lo que calificaba como un hecho consumado. Pocas horas antes de legalizar el PCE, el Gobierno había decidido la desaparición del Movimiento, cuyo Ministro se convirtió en Secretario del Ejecutivo. IV. Pluralismo político y elecciones democráticas La convocatoria de elecciones que acuerda el Gabinete Suárez, según la LRP, para el 15 de junio de 1977 suponía el cumplimiento del compromiso contraído de reintegrar al pueblo su soberanía y para reanudar el tracto constitucional roto en julio de 1936. Por eso, los seis primeros meses de 1977 se caracterizarán por la conformación de las formaciones políticas con vistas al proceso electoral. Los partidos legalizados antes de la convocatoria electoral eran más de 200, muchos de los cuales estaban formados por escaso número de militantes. La actividad de los líderes políticos para buscar alianzas homogéneas, o al menos rentables, fue intensa. Los bloques electorales más importantes fueron los de Alianza Popular (compuesto por siete partidos o asociaciones políticas), Alianza Socialista Democrática, Unidad Socialista (integrada por el PSP y diversos grupos socialistas), Unión de Centro Democrático (UCD) y Equipo de la Democracia Cristiana. El PSOE y el PCE se presentaron en solitario a los comicios. Junto a estas formaciones había que incluir las fuerzas regionalistas o nacionalistas, los grupos de extrema derecha y algunos que estaban a la izquierda del PCE. La derecha, liderada por Fraga, se articuló a través de Alianza Popular, una especie de federación de partidos que no eran sino proyectos de antiguos ministros del franquismo (Fernández de la Mora, Silva Muñoz, Martínez Esteruelas, Thomas de Carranza, López Rodó, Licinio de la Fuente, etc.). El propio Arias Navarro sería incorporado a la candidatura de Madrid. García San Miguel ha destacado tres notas comunes a todos ellos: a) el haber ocupado puestos políticos importantes en el régimen anterior; b) su enorme popularidad; y c) el que, con las excepciones de Fraga y Silva Muñoz, ninguno de ellos se había mostrado aperturista. En definitiva, AP, que se caracterizará por el respeto y el recuerdo a la figura del general Franco, se presentaba como un partido conservador, defensor de una economía social de mercado, de un gobierno fuerte y de unos principios de moral católica. La extrema derecha estaba integrada por Fuerza Nueva de Blas Piñar y Falange Española de las JONS. Estos dos partidos que no obtendrán representación parlamentaria en los comicios del 15 de junio, recomendarán votar a AP en aquellas provincias en que no presentan candidatura. Los primeros antedecentes de lo que luego sería UCD cabe encontrarlos en el grupo Tácito, que, durante muchos años, publicaron en el desaparecido diario “Ya” una columna política semanal de muy amplia difusión. Los tácitos fueron el germen del Partido Popular, que nace en noviembre de 1976, liderado por José María de Areilza y Pío Cabanillas, ambos ex altos funcionarios del régimen franquista y en este momento ministros del gabinete de Suárez. El Congreso del Partido, celebrado en febrero de 1977, tuvo una envergadura semejante al que poco antes había tenido el del PSOE, y en él se anunció la constitución de lo que comenzaría llamándose Centro Democrático. El problema político que entonces se planteó fue la relación entre el partido y la coalición con el Gobierno. El Centro Democrático debía tener la presencia de Suárez si quería atraer a un electorado que se identificaba con él y que coincidía con las aspiraciones que representaba. Ni el Partido Popular ni el Centro Democrático demostraron tener la imaginación suficiente como para lograr la autonomía política respecto del Gobierno y ello les hizo gravitar inevitablemente hacia la dependencia del mismo. En el mes de marzo se produjo la defenestración de Areilza, como paso previo al “desembarco” de Suárez como líder indiscutible de la coalición. Más tarde, con Calvo Sotelo en la coalición, ésta adoptaría la denominación definitiva precedida del término Unión. En su declaración constitutiva la UCD declaró surgir para “apoyar en las próximas Cortes la política del Presidente Suárez en la consolidación de una democracia estable en España”. La UCD fue un partido archipiélago cuya acta constitutiva estaba firmada nada menos que por 15 partidos, diez de carácter estatal y cinco regionales. Ninguno de esos partidos tenía una continuidad histórica con la Segunda República; ni siquiera con los años cincuenta o comienzos de los sesenta. Un 46 por 100 de los candidatos se agrupaba bajo la denominación de independientes, que encubría en buena parte a colaboradores moderados del franquismo; del resto, un 17 por 100 procedía del Partido Popular y un 12 por 100 de los demócrata cristianos. De todos modos, el porcentaje de los diputados de la coalición que habían sido procuradores en las Cortes orgánicas era sólo del 17,5 por 100, mientras que 13 de los 16 diputados de AP habían sido ministros en el régimen anterior. La UCD nunca formuló una ideología en el sentido propio del término, es decir como un conjunto coherente y sistemático de ideas que sirva de inspiración y cauce al programa y a la acción del partido. Ante la opinión pública se presentó como una alianza de fuerzas alejadas tanto del continuismo franquista como del marxismo. A tal efecto, propugnaba la organización propia de un Estado Social de Derecho en el que se trate de conciliar libertad y “Estado fuerte” bajo la vigencia de los valores políticos occidentales. UCD explicitará la defensa de la economía de mercado, los derechos sociales y la reforma fiscal, concebida como instrumento vital para el saneamiento económico. Hubo, sin embargo, algunos grupos políticos de significación centrista que no llegaron a colaborar con la coalición presidida por Suárez. De ellos, el único que alcanzó una cierta significación electoral fue la Democracia Cristiana. Esta formación experimentará uno de los más sonados y espectaculares fracasos de las elecciones de 1977. Lo cierto es que la Federación de la Democracia Cristiana tan sólo consiguió dos escaños en Cataluña (Unió, Centre i Democracia Cristiana Catalunya). Con una ideolgía demócrata-cristiana de signo avanzado, esta formación parecía, a priori, tener un gran futuro en un país en el que la Iglesia Católica ejercía una gran influencia social, dado el carácter mayoritariamente católico de los españoles. Pero la España de 1977 era muy distinta de la Italia de 1945. La Iglesia, que en ningún momento quiso adoptar una actitud beligerante a favor de ninguna formación, no ayudó a la implantación de esa fuerza política. Sin duda, fueron los errores en la dirección el elemento fundamental de tan rotundo fracaso electoral. Su programa era en exceso izquierdista para su potencial electorado y, por si fuera poco, las diferentes formaciones no llegaron a vertebrarse en una fórmula política mínimamente coherente y unitaria. El principal beneficiario del voto progresista de izquierdas fue, sin duda, el PSOE. Su programa acusaba los planteamientos radicales de su XXVII Congreso: republicanismo, autodeterminación, autogestionario e intervencionista. Aunque su lenguaje tardaría bastante en moderarse, su actuación práctica fue más flexible y hábil que dogmática e ideologizada en exceso. Su divisa electoral “Socialismo es libertad” caló muy hondo en quienes querían un tránsito firme y decidido hacia un sistema democrático. Joven, pero con el bagaje de toda la historia del PSOE, Felipe González representaba a una España abierta y plural, que nada tenía que ver con el régimen anterior. La dirección del partido tuvo como objetivo primordial en estos primeros meses del año 1977 el aglutinar tras de sí a la totalidad de los socialistas españoles. Ello explica, por ejemplo, que el PSOE se retirara de los organismos de la oposición en el mes de febrero, cuando el Gobierno legalizó el PSOE histórico, en otro tiempo, dirigido por Llopis. Aunque no logró incorporar la totalidad de las fuerzas socialistas, sí atrajo a su seno a grupos de procedencia católica (Convergencia Socialista) y a otros de carácter regional (en especial, el socialismo catalán). Fuera quedó el PSP de Tierno Galván que, si por un lado defendía planteamientos mucho más radicales, por otro, acorde con la imagen de su fundador, presentaba cierta semejanza con un centro-izquierda azañista e intelectual. Próximas las elecciones se uniría por medio de coaliciones electorales a diversas formaciones socialistas de ámbito regional para comparecer en los comicios del 15 de junio bajo la denominación de “Unidad Socialista-PSP”. Por su parte, el PCE, que había sido identificado durante la dictadura con la oposición, había conseguido de hecho el movimiento sindical y, sobre todo, una fuerte penetración en los medios periodísticos, universitarios, intelectuales y profesionales. A diferencia del PSOE, el Partido Comunista no había renovado su ejecutiva en los años del exilio, encabezada por la mítica Dolores Ibárruri, “Pasionaria”, en la Presidencia y Santiago Carrillo en la Secretaría General. Éste en su obra “Eurocumunismo y Estado” insistirá en la sinceridad democrática de los comunistas, definiendo el eurocomunismo como un verdadero socialismo democrático, situado entre la socialdemocracia y el comunismo burocrático y autoritario. Pese a ello, en la campaña electoral, a Carrillo le faltó el gancho necesario para conectar con los jóvenes y con el nuevo electorado potencial. A la izquierda del PCE se situó un mosaico de fuerzas (PTE, ORT, LCR, MC) que intentó absorver el voto de quienes rechazaban el sentido de moderación del que hacían gala los comunistas y el sindicato CCOO. Las fuerzas de extrema izquierda no obtendrán representación parlamentaria alguna. Como había sucedido en la Segunda República y respondía a las obvias características de una sociedad plural como la española, surgieron en las regiones periféricas españolas diversas agrupaciones políticas nacionalistas. En Cataluña, el catalanismo de carácter centrista estuvo representado por Jordi Pujol y su Pacte Démocratic per Catalunya (PDC). A esta fuerza hay que sumar los demócratacristianos de Unió Democrática de Catalunya (UDC), liderado por Antón Canyelles, y cuyo origen se remonta a los años de la República. En esa época había sido hegemónica en Cataluña la Esquerra Republicana que ahora, liderada por Heribert Barrera, mantuvo una menor implantación. A la izquierda se encontraban el Partit del Socialistes Unificat de Catalunya (PSUC), de orientación comunista y que se asociará para los comicios de 1977 al PCE, y el Partit Socialista de Catalunya (PSC) de Joan Raventós que lo hará con el PSOE. Estas formaciones políticas y otras de menor representatividad electoral estaban reunidas desde 1971 en la Assemblea de Catalunya y la exigencia de todas ellas era el reconocimiento por parte de la nueva Monarquía de la Generalitat abolida por Franco en 1939 y mantenida en vida en el exilio por Josep Tarradellas. En cambio, en el País Vasco el Partido Nacionalista Vasco (PNV), que dominaba el gobierno en el exilio desde el que había mantenido una sólida resistencia frente al franquismo y un apoyo social indudable, consiguió mantener prácticamente la misma implantación que en los tiempos republicanos. Ante las elecciones del 15 de junio, una parte de ETA-pm abandonó la lucha armada y entró a formar parte de Euskadiko Ezkerra (EE), que obtiene un escaño, mientras que el resto de la organización quedó como brazo armado del partido. El PNV, como el PDC en Cataluña, vuelve a recoger el voto nacionalista moderado. El 15 de junio de 1977, según lo previsto, se celebraron las primeras elecciones generales en España desde febrero de 1936. Como ha puesto de relieve Alzaga, nunca en la atormentada historia electoral de nuestro país se había reunido tal cúmulo de garantías para velar por la autenticidad de unos comicios. Bien es verdad que durante el franquismo se celebraron elecciones, pero el sistema de votación y presentación de listas era radicalmente distinto: lo que debería ser un acto libre y voluntario de elección se convertía en un acto de refrendo de la voluntad del Caudillo. Marginado el sufragio universal y prohibidos los partidos políticos, la Cámara iba a reflejar, acorde con las ideas totalitarias del sistema, la representación orgánica, cuyos núcleos naturales eran la familia, el municipio y el sindicato. En ella tomaban asiento además representantes de los colegios profesionales, los miembros del Gobierno, los consejeros nacionales del Movimiento, los presidentes de los altos órganos del Estado, rectores de universidad y aquellas personas que por su jerarquía eclesiástica, militar o administrativa o por sus relevantes servicios a la Patria designase el Jefe del Estado, hasta un número no superior a 25. A pesar del registro de más de 200 grupos políticos en el Ministerio del Interior, la “sopa de letras”, como se llamara entonces, el interés de la contienda, a la que se presentaron 589 listas para 52 circunscripciones electorales y un total de 5343 candidaturas al Congreso, residió en conocer la distribución de escaños entre las formaciones políticas con más posibilidades. A la postre sólo serían 12 las que lograron representación en dicha Cámara. La campaña electoral, que se desarrolló en términos pacíficos y tranquilos, sirvió para acercar los deseos de la ciudadanía a los partidos políticos. Con todo, la politización de los españoles no se llevó a cabo de una manera brusca y maximalista como en la República. Ahora, los españoles, mayoritariamente moderados e interesados en la resolución de los problemas domésticos (el paro, por ejemplo), no deseaban volver la vista al pasado: en las encuestas que se hicieron por estas fechas, uno de cada tres españoles se declaró manifiestamente desinteresado del enfrentamiento entre franquismo y antifranquismo. A lo largo de la interminable campaña electoral quien demostró mayor sensación de dinamismo y capacidad técnica y organizativa fue el PSOE y, en consecuencia, sus expectativas de voto casi se triplicaron desde el 10 por 100 originario que los sondeos le atribuían. En cambio, la campaña de UCD fue prácticamente inexistente. Pero hubo otras campañas si cabe más erradas. La Democracia Cristiana, por el sólo hecho de disponer de esta sigla, supuestamente prometedora desde el punto de vista electoral, creyó esperar unos resultados excelentes; más que a conquistar votos –apostilla Tusell- se dedicó a repartir supuestas legitimidades democráticas y a hacer actos de contricción. También se equivocó AP, que obtuvo grandes llenos en sus mítines, pero que dio la sensación de creer que España, de nuevo en frase de Tusell, estaba compuesta exclusivamente por el tipo de gente que acudía a ellos. Básicamente, como sostiene De Blas Guerrero, la oferta programática realizada a los electores con motivo de los comicios de 1977 se caracterizó por una notable falta de especifidad y por un alto grado de indeterminación en cuanto a la acción de gobierno propugnada; en segundo lugar, ante la ausencia de hábitos electorales generalizados, la pauta orientativa básica en el comportamiento electoral fueron razones ideológicas, evidenciándose un significativo desinterés por las opciones políticas concretas. El 15 de junio fue un hito histórico en la reciente historia de nuestra Patria. Significó, en frase de Marías, la devolución de España a los españoles. Ese día más de dieciocho millones de electores, en un ambiente de fiesta democrática, se acercaron a las urnas para emitir su voto (el 78, 83 por 100 del censo electoral). UCD, con unos resultados por debajo de sus expectativas, obtuvo el 34,61 por 100 (6.337.288) de los votos emitidos y 165 diputados, lo que le convertía en la mayor minoría parlamentaria, aunque lejos de la mayoría absoluta. El PSOE obtuvo el 29 por 100 (5.371.866) votos y un total de 118 diputados, lo que le situó claramente como segundo grupo político nacional. Muy alejados de las dos primeras fuerzas políticas, el PCE consiguió 20 escaños y AP 16; fue para ellos mismos y para la opinión pública una sorpresa lo reducido de la votación obtenida y aún resultó una sorpresa mayor el hecho de que los comunistas fueran por delante de AP. El pésimo resultado de esta coalición reflejaba el fracaso del continuismo franquista. El PSP tuvo una pequeña minoría de tan sólo 6 diputados y la DC no alcanzó otra representación que un reducido número de senadores logrados, además, en colaboración con fuerzas de izquierda. En cambio, los partidos nacionalistas lograron una veintena de escaños en el Congreso (8 del PNV y 13 catalanes, en dos coaliciones distintas). Gracias al sistema mayoritario en las elecciones senatoriales, la diferencia entre UCD y el PSOE fue mayor en la Cámara Alta, 106 escaños frente a 35, pero, aún así, no alcanzaban la mayoría absoluta. En su conjunto, la izquierda superaba a la derecha en los grandes centros urbanos, mientras que los nacionalismos aparecían ya como fuerza emergente en las nacionalidades históricas. También existió una correlación entre el voto comunista y las zonas obreras e industriales; y entre quienes habían votado no en el referéndum y las clases medias y altas y el voto de AP. Por lo que se refiere a los factores socioeconómicos, se observa que el voto de UCD está en relación con el peso de la clase media urbana (0,67), con la población activa en la agricultura, y con la población activa en la industria (-0,71). Por regiones, el apoyo electoral a esta formación fue extraordinariamente alto en Galicia, Castilla-León, Castilla-La Mancha, Canarias y Baleares; sin embargo, fue muy baja en Cataluña (apenas el 15 por 100 en Barcelona) y el País Vasco (el 16 por 100 en Vizcaya). El voto PSOE estuvo en función, fundamentalmente, del nivel de proletarización (0,59) y de la población en paro (0,57) y de forma negativa con la población activa en la agricultura (-0,42). Los resultados electorales del 15- J consolidaron el modelo de partidos en España. Sistema de partidos que no puede ser calificado de bipartidista en el estricto sentido del término (UCD y PSOE consiguieron el 86 por 100 de los escaños en el Congreso, pero no llegaban al 63 por ciento de los votos populares). Estaríamos, según la definición de Sartori, ante un sistema de partidos que a partir de 1977 se ajustaría al esquema de pluralismo moderado. Este sistema imponía, en definitiva, un gobierno monocolor minoritario y, por ende, débil, abocado a una necesaria concurrencia de criterios con otros grupos políticos. Esta actitud de transacción y consenso resultó enormemente positiva teniendo en cuenta las circunstancias, es decir ante la inminencia de la elaboración de una Constitución de todos y para todos. José Agustín González-Ares Fernández